Cursos cortos, personalizados y enfocados a objetivos concretos. Así es el aprendizaje continuo, un fenómeno digital y constante al que todos los profesionales, al margen de su edad, su trabajo y su nivel de estudios, van a tener que recurrir para adaptarse a la imparable evolución tecnológica.

El trabajo para toda la vida es cosa del pasado. Hay excepciones, claro, pero el paradigma laboral ha saltado por los aires debido fundamentalmente a los avances tecnológicos y a la creciente automatización de muchos procesos. El último informe Future of Jobs Report del Foro Económico Mundial avanza que, en los próximos años, hasta 375 millones de personas en todo el planeta deberán cambiar de empleo y mejorar sus habilidades profesionales para adaptarse a las innovaciones digitales. En otras palabras, la vigencia de los conocimientos que se adquieren es cada vez menor, y un trabajador tendrá que reinventarse varias veces a lo largo de su carrera.

La idea de que el aprendizaje acababa al obtener un título ha mutado en el concepto de que siempre se puede aprender algo nuevo, aunque uno ya se ha incorporado al mundo laboral. En ese lifelong learning, según el término en inglés, no hay excepciones, porque en todo momento será necesario adaptarse a las nuevas herramientas digitales, que transforman sin tregua el mercado laboral. Por eso, conviene prepararse para enfrentarse adecuadamente a esta nueva actitud ante la vida.

Primera clave: estar muy focalizados

“Nuestros padres o abuelos trabajaron en una o dos empresas. No será raro que nuestros hijos lo hagan en entre cinco y ocho al mismo tiempo”, vaticina el profesor de Estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), Enric Serradell. Esta continua rotación implica una actualización constante de conocimientos y habilidades que solo puede conseguirse mediante una formación voluntaria, permanente, digital, personalizada y muy focalizada en objetivos concretos.

“Cada vez más profesionales con empleos aparentemente estables seguirán formaciones con objetivos a corto, medio y largo plazo”, añade Serradell. El fenómeno es imparable y va a más. No se trata de acumular títulos y diplomas en un cajón. La coach Adriana Ugarte especifica que el síndrome del eterno estudiante que cursa un máster y luego otro y otro, no tiene nada que ver con el perfil de la educación continuada, que consiste en adquirir competencias específicas y muy prácticas, que le ayuden a progresar y estar siempre al día.

“Hoy todo se basa en la tecnología, que queda obsoleta en poco tiempo, con lo cual es necesario aprender continuamente si no quieres quedarte atrás. Y más a partir de los 40 años. Como no te recicles, lo llevas crudo”, coincide Mercè Garcia, profesional de 47 años que estudia Información y Documentación en la UOC. Lo hace por motivos laborales, ya que hace casi 20 años que ejerce como técnica auxiliar de bibliotecas y necesitaba una formación específica para su puesto de trabajo.

Filóloga inglesa de formación y con un grado en Humanidades, Garcia buscaba ampliar sus conocimientos en gestión de la información digital. “Se trata de adelantarse y ser más competitivo, innovador y eficiente en tu trabajo. Siempre se puede aprender más, y es necesario estar al día de las novedades para no quedarte rezagado”, apunta.

Mantenerse motivado

La motivación del estudiante se vuelve imprescindible para aprovechar al máximo una formación que se extenderá a lo largo de la vida y que hay que compaginar con otras actividades, como el trabajo, la familia y el ocio. Según Pedro Ruiz, coordinador del grupo de Formación Online y Tecnologías Educativas de la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas (CRUE): “Es necesario acudir a las clases con una mentalidad abierta y no pensar que, por el hecho de haber estudiado un grado y estar trabajando, uno sabe de todo”.

Es importante que el alumno sepa muy bien qué áreas necesita ampliar o mejorar, y tenga muy claros los objetivos que persigue con el curso en el que se matricula. Debe ser una formación muy concreta y especializada, como pequeñas píldoras orientadas hacia sus necesidades, para obtener competencias técnicas o específicas vinculadas con su empleo, o para adquirir otras habilidades, como la comunicación, la gestión del tiempo o la inteligencia emocional.

“Cuando ya posees una titulación y la ejerces, lo que necesitas es ir directo a eso que buscas para progresar”, asegura Ugarte. De ahí que suelan ser cursos cortos, de pocas semanas o meses, o incluso sesiones muy concretas con un mentor que guía y acompaña al alumno.

Coincide con ella la vicerrectora de Competitividad y Empleabilidad de la UOC, Àngels Fitó, que insiste en que no se trata de hacer borrón y cuenta nueva para empezar de cero. “Buena parte de nuestras competencias continúan siendo válidas. Lo que tenemos que hacer es evolucionar como profesionales, y eso pasa por completar, actualizar o especializar aún más nuestro propio bagaje”, señala. La fórmula, según Fitó, radica en una formación personalizada, flexible, de duración muy acotada –así se mantiene el nivel de implicación necesario y no se pierde el interés– y con formatos variables para que responda mejor a estas necesidades más específicas.

Del operario a la directora de Recursos Humanos

Los expertos convienen en que los sectores laborales que requieren de un uso intensivo de las tecnologías son más propensos a una mayor puesta al día de sus trabajadores, pero cualquier profesional, del ámbito que sea, tarde o temprano necesitará actualizarse. Un operario de fábrica que se convierta en encargado, por ejemplo, deberá conocer el nuevo puesto y lo que se requiere de él. Aprenderá a controlar los procesos, a crear y presentar reportes, a centrarse en la visión global del equipo y a gobernar la gestión emocional y la asertividad, entre otras cuestiones. Y todas estas habilidades puede adquirirlas mediante un curso específico.

Un profesional del área de Recursos Humanos que quiera ampliar su formación en, por ejemplo, la psicología de los empleados, no deberá volver a la universidad para estudiar un grado o un máster. Le bastará con un programa o unas sesiones enfocadas al desarrollo de habilidades de liderazgo, creación de planes de carrera o técnicas de construcción de equipos.

En ese proceso de formación continua a lo largo de la vida, ganan tanto el trabajador como la empresa. Por un lado, los empleados asumen las riendas de su propio crecimiento profesional y de sus posibilidades de futuro, lo que les proporciona autoconfianza, autonomía y empoderamiento. Y por el otro, facilita el desarrollo de una marca personal propia.

Para las empresas, además, supone un plus contar con trabajadores de perfil proactivo, capaces de adaptarse a los cambios y que convierten los retos en oportunidades. “El empresario que hoy no entienda que la formación de las personas es esencial para su transformación digital y ecológica, tendrá muchas dificultades para sobrevivir”, admiten desde la Confederación Española de la Pequeña y Mediana Empresa (Cepyme). De ahí que contar con trabajadores formados sea esencial para estimular la productividad y la competitividad de las empresas.


LA UNIVERSIDAD, UN ACTOR RELEVANTE EN EL PROCESO

Las universidades se enfrentan al reto de convertirse en proveedores de aprendizaje continuo a través de todo tipo de cursos. Pedro Ruiz, coordinador del grupo de Formación Online y Tecnologías Educativas de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE), ofrece algunas pistas sobre cómo deben ser los que impartan las instituciones de educación superior. “Se resume en contenidos digitales que el alumno trabaja en el horario que mejor le convenga y desde cualquier espacio físico mediante un soporte tecnológico; procesos de matriculación más ágiles, y con una planificación de la carga semanal menor que la que se exige en un grado para que pueda compaginarlo con la actividad laboral”, señala.

La vicerrectora de la UOC, Àngels Fitó, reconoce que, a menudo, las universidades están desconectadas de las políticas de empleo, y que para poder afrontar el desafío se necesitan mecanismos y financiación suficientes. Uno de los objetivos europeos para 2020 pasaba por que el 15% de su población activa estuviera inmersa en un proceso de formación continua. “En España estamos alrededor del 10%, en Francia cerca del 19%. Hay una brecha con países vecinos respecto a este grado de actualización de conocimientos”, advierte Fitó.

 

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