Un número cada vez mayor de organizaciones de todo el mundo está adoptando el inglés como su lengua oficial. The Economist analiza el fenómeno que antes se daba en regiones con poca población aunque con ambiciones globales, como los países nórdicos, pero que ahora se ha ido extendiendo hasta llegar a Japón o incluso a China. De todos modos, la “inglesización” de las empresas afecta a aspectos incluso emocionales y debe ser gestionada cuidadosamente.

 

Yang Yuanqing, Jefe de Lenovo, casi no sabía decir ni una palabra en inglés hasta que tuvo cerca de 40 años: creció en la escasez rural y estudió ingeniería en la universidad. Pero cuando Lenovo compró la división de ordenadores personales de IBM en 2005, decidió sumergirse en el inglés: trasladó a su familia hasta Carolina del Norte, contrató a un profesor de lengua y –el último sacrificio- se pasó horas mirando noticias en inglés a través de la televisión por cable. Esta misma semana estuvo en Sâo Paulo, Brasil, para una reunión de Junta de Administración y una teleconferencia sobre resultados financieros: hizo toda su exposición en inglés excepto una sesión informativa para la prensa china.

Lenovo es una de las muchas multinacionales del mundo no anglófono que ha convertido el inglés en su lengua oficial. La moda empezó en sitios con poca población pero ambiciones globales como Singapur (que conservaba el inglés como lengua vehicular desde que se independizara del Imperio Británico en 1963), los países nórdicos y Suiza. Goran Lindahl, un antiguo Jefe de ABB, un gigante de la ingeniería suizo-sueco, una vez calificó su lengua oficial como el “inglés pobre”. La práctica se extendió por los grandes países europeos: numerosas multinacionales alemanas y francesas ahora usan el inglés en reuniones de Junta y en documentos oficiales.

Puede que Audi use una frase alemana –Vorsprung durch Technik, o “progreso a través de la ingeniería”- en sus anuncios, pero es imposible ascender por sus niveles de gestión sin un buen inglés. Cuando Christoph Franz se convirtió en Jefe de Lufthansa en 2011, convirtió el inglés en su lengua oficial aunque todos, excepto un puñado de unos 50 altos directivos de la aerolínea, eran alemanes.

La Académie française puede que mire con malos ojos el avance del inglés. Pero no hay una alternativa real para el lenguaje global de los negocios. El aspirante con más posibilidades, el chino mandarín, es una de las lenguas más difíciles de dominar del mundo, y menos amigable con los ordenadores. Ni siquiera es universal en China: más de 400 millones de chinos no lo hablan.

El inglés de negocios está invadiendo ahora territorios más difíciles, como Japón. Rakuten, un cruce entre Amazon y eBay, y Fast Retailing, que dirige la cadena de moda Uniqlo, fueron de las primeras en hacer el cambio. Ahora se les están uniendo empresas de la vieja economía como el fabricante de coches Honda y el fabricante de neumáticos Bridgestone. Las empresas chinas están resultando mucho más duras de roer: tienen un mercado interno enorme y se esfuerzan por contratar a jefes competentes de cualquier tipo, dejando en paz de momento  las exigencias con el inglés. Sin embargo, algunos sí están siguiendo la estela de Lenovo. Huawei ha introducido el inglés como segunda lengua y anima a sus trabajadores con mayor potencial a aprenderlo. Cerca de 300 millones de chinos toman clases de inglés.

Hay algunas razones obvias de por qué las compañías multinacionales quieren una lingua franca. Adoptar el inglés hace más fácil contratar talento global (incluyendo los directivos), llegar a mercados globales, montar equipos de producción globales e integrar adquisiciones foráneas. Estos pasos son especialmente importantes para las compañías en Japón, donde la población se reduce.

También hay razones menos obvias. El Jefe de Rakuten, Hiroshi Mikitani, defiende que el inglés incentiva el pensamiento libre porque está exento de las distinciones de estatus que caracterizan al japonés y a otras lenguas asiáticas. Antonella Mei-Pochtler de Boston Consulting Group remarca que las empresas alemanas llevan sus negocios mucho más rápido en inglés que en el laborioso alemán. El inglés puede ser una lengua neutral en una fusión: cuando la alemana Hoechst y la francesa Rhône-Poulenc se unieron en 1999 para crear Aventis, decidieron que su lengua oficial seria el inglés, en parte para evitar tener que escoger entre sus respectivas lenguas.

Tsedal Neeley de la Harvard Business School dice que la englishnisation (“inglesización”), una palabra que ella toma prestada de Mikitani, puede agitar un avispero de emociones. Los que aprenden más lentamente pueden perder confianza en ellos mismos, preocuparse por la seguridad de sus puestos de trabajo, quedarse mudos en una reunión o juntarse con una guerrilla de resistencia que conspire en su lengua nativa. Se pueden formar camarillas de los que lo hablan bien y de los que no. También pueden aparecer demandas judiciales: en 2004 los trabajadores de una filial francesa de GE llevaron a su empresa a juicio porque les habían exigido que leyeran documentos internos en inglés; la empresa recibió una fuerte multa. En resumen, una política diseñada para unir a los empleados de lugares distintos puede lograr fácilmente el efecto contrario.

Neeley defiende que las compañías deben reflexionar cuidadosamente sobre cómo implementar una política que afecta a tantos aspectos emocionales. La alta dirección debería explicar a los empleados por qué cambiar al inglés es tan importante, proporcionarles formación y conversaciones en grupo, y ofrecerles incentivos por mejorar su dominio del idioma como, por ejemplo, puestos de trabajo interesantes en el extranjero. Aquellos que ya tienen un nivel avanzado de inglés deberían hablar más lentamente y abstenerse de dominar las conversaciones. Y los directivos deben actuar como árbitros y encargados de hacer cumplir las normas, resolver los conflictos y evitar que el personal vuelva a su lengua nativa. Mikitani, que hablaba inglés fluidamente, al principio les dijo a sus empleados que se pagaran sus propias clases y les dio dos años para aprender el idioma, bajo la pena de destitución o incluso de despido. Después se dio cuenta de que había sido demasiado duro y empezó a ofrecerles clases en horas de trabajo.

Matiz y emoción, ¿o divagación?
Los organismos intergubernamentales como la Unión Europea, que dan trabajo a un ejército de traductores que cuesta 1.500 millones de dólares (1.100 millones de euros) anualmente, están obligados a fingir que no existe una lengua global predominante. Pero las empresas de todo el mundo se enfrentan a la realidad de que el inglés es la lengua para la cual el sol nunca se pone. Sin embargo, la “inglesización” no es sencilla, incluso si es bien manejada: hasta los que la hablan mejor pueden tener problemas para expresar matices y emociones en una lengua extranjera. Por esa razón, los anglófonos nativos a menudo suponen que la propagación de su lengua en la vida corporativa global les concede una ventaja automática. De hecho, les puede hacer dormirse fácilmente en los laureles. Demasiados de ellos (especialmente los ingleses, vuestro columnista siempre lo dice) corren el riesgo de confundir su dominio lingüístico en las reuniones con sus logros reales.


* “The English empire”. The Economist, 15/02/2014 (Artículo consultado on line el 26/02/2014).

Acceso a la noticia: http://www.economist.com/news/business/21596538-growing-number-firms-worldwide-are-adopting-english-their-official-language-english

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